I – Paralelismo entre la Santa Misa y la Pasión de Cristo

(De “Ecclesia Digital” 21-09-11) El Padre Derobert, hijo espiritual del Padre Pío, explica el sentido que tenía la Misa para el Santo de Pietrelcina:

“Él me había explicado poco antes de mi ordenación sacerdotal que celebrando la misa había que poner en paralelo su cronología y la cronología de la Pasión de Cristo. Se trataba de comprender y de darse cuenta, en primer lugar, que el Sacerdote en el Altar es Jesucristo. Y desde ese momento Jesús en su Sacerdote revive indefinidamente su Pasión”. Y este es el itinerario de la cronología y orden en paralelo de la Misa y de la Pasión:

1.-Desde la señal de la Cruz hasta el Ofertorio: Es el tiempo de encuentro con Jesús en Getsemaní, sufriendo con Él ante la marea negra del pecado. Unirse a Él en el dolor de ver que la Palabra del Padre, que Él había venido a traernos, no sería recibida o sería recibida muy mal por los hombres. Y desde esta óptica hay que escuchar las lecturas de la Misa que están dirigidas personalmente a mí y a nosotros.

2.- El Ofertorio: Evoca el arresto de Jesús. La Hora ha llegado…

3.- El Prefacio: Es el canto de alabanza, entrega y agradecimiento que Jesús dirige al Padre que le ha permitido llegar a esta Hora.

4.- Desde el comienzo de la plegaria eucarística hasta la Consagración: Empezamos encontrándonos con Jesús en prisión para después hacer memoria y celebración de su atroz flagelación y coronación de espinas. Seguimos con su Vía Crucis, el camino de la cruz por las callejuelas de Jerusalén –imagen de todo el mundo y de toda la humanidad-, teniendo presentes en el “memento” a los que están allí, en la Misa, y a todos.

5.- La Consagración: Se nos da el cuerpo de Cristo, entregado de nuevo ahora. Es místicamente la crucifixión del Señor, y por eso el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa, durante la Consagración.

6.- Las plegarias inmediatamente posteriores a la consagración: Nos unimos enseguida con Jesús en la Cruz y ofrecemos desde este instante al Padre el sacrificio redentor. Es el sentido de la oración litúrgica inmediatamente después de la Consagración.

7.- La doxología final, “Por Cristo, con Él y en Él…”: Corresponde al grito de Jesús “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Desde este momento, el sacrificio es consumado y aceptado por el Padre. Los hombres desde ahora ya no están separados de Dios, se vuelven a encontrar unidos. Y esa la razón por la que a continuación de la doxología se reza el Padre Nuestro.

8.- La fracción del Pan: Marca la muerte de Jesucristo.

9.- La intinción y posterior Comunión: La intinción es el momento en que el sacerdote, habiendo quebrado la Sagrada Hostia, símbolo de la muerte, deja caer una partícula del Cuerpo de Cristo en el Cáliz de su Preciosa Sangre. Marca el momento de la Resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre se reúnen de nuevo y a Cristo crucificado y resucitado a quien vamos a recibir en la Comunión.

10.- La bendición final de la Misa: Con ella el Sacerdote marca a los fieles con la Cruz de Cristo como signo distintivo y, a su vez, Escudo protector contra las astucias del Maligno. Es también signo de envío y de misión como Jesucristo, tras su Pasión y ya resucitado, envío a sus apóstoles a hacer discípulos de todos los pueblos.

II – Compostura en el templo y durante la Santa Misa por el Santo Padre Pío

[Texto presentado por María Teresa Moretti, en Adelante la Fe, el 9/12/14, en el que hemos añadido algunos párrafos a la selección que ella realiza].

“Hagamos lo que siempre hemos hecho,

lo que han hecho nuestros padres” (San Pío de Pietrelcina)

San Pío de Pietrelcina solía repetir: “El mundo podría quedarse incluso sin Sol, pero no sin la Santa Misa”. A los sacerdotes enseñaba a dividir el día en dos partes: la primera, dedicada a la preparación del Divino Sacrificio y la segunda como Acción de Gracias.

Muchos testigos han dicho que su Misa era un “misterio”. El filósofo Jean Guitton, impresionado por la manera de celebrar del capuchino estigmatizado, dijo: “Procedía en la celebración con cada vez más sufrimiento y, cuando llegó al comienzo del Canon, se paró como ante una escalada inverosímil, una cita amorosa, dolorosa y a la vez radiante, un misterio inexpresable, un misterio que podía provocar la muerte. La mirada que lanzaba hacía lo alto, después de la consagración, reflejaba todo esto. Me decía a mí mismo que quizá fuera el único sacerdote estigmatizado en acto, mientras que todos los otros lo son en potencia”.

En uno de los cuadernos del Diario que el Padre Pío escribió durante la primera persecución puesta en marcha por la Jerarquía de la Iglesia, entre finales de los años 20 y comienzo de los 30, el fraile de Pietrelcina explica qué es la Misa por boca del mismo Jesucristo:

Pensad que el sacerdote que me llama entre sus manos tiene un poder que ni a mi Madre concedí. Reflexionad que si sirviesen al Sacerdote, en vez de un sacristán, los más excelsos serafines, no serían suficientemente dignos de estarles cerca. Domándoos si, considerando la preciosidad del Don que os hago, no es digno asistir a Misa pensando en otra cosa en vez de en Mí. Más bien sería justo que, humillados y agradecidos, palpitarais alrededor mío y, con toda el alma, me ofrecierais al Padre de las Misericordias; más bien sería justo considerar el altar no por lo que han hecho los hombres, sino por lo que vale, por mi presencia mística, pero real.

Mirad la Hostia, en la que cada especie es aniquilada, y me veréis a Mí, humillado por vosotros. Mirad el Cáliz en el que mi Sangre vuelve a la Tierra, rica como es de toda bendición. Ofrecedme, ofrecedme al Padre. No olvidéis que para esto Yo vuelvo entre vosotros.

Si os dijeran: ‘Vámonos a Palestina para conocer los santos lugares en los que Jesús vivió y donde murió’ vuestro corazón daría un vuelco ¿Verdad? Sin embargo, el altar sobre el que bajo ahora es más que Palestina, porque de ella partí hace veinte siglos; y sobre el altar Yo retorno todos los días vivo, verdadero, real, si bien escondido; pero soy Yo, soy Yo mismo, que palpito entre las manos de mi ministro. Yo vuelvo a vosotros, no simbólicamente, oh no, sino verdaderamente. Os lo digo una vez más: verdaderamente. […]

¡Getsemaní, Calvario, Altar! Tres lugares de los que el último, el Altar, es la suma del primero y del segundo; son tres lugares, pero uno sólo es Aquél que encontrareis ahí. […]

Yo vuelvo sobre el Altar Santo desde el cual os llamo. Llevad vuestros corazones sobre el corporal santo que sujeta mi Cuerpo. Hundíos, almas dilectas, en aquel Cáliz divino que contiene mi Sangre. Es ahí donde el Amor estrechará (unirá) vuestros espíritus al mismo Creador, al Redentor, a vuestra Víctima; es ahí donde celebraréis mi Gloria en la humillación infinita de Mí mismo. Venid al Altar, miradme a Mí, pensad intensamente en Mí…”

Entonces, si la iglesia hospeda el lugar santo por excelencia, el Sancta Sanctorum del Nuevo Testamento, en el que se suman Getsemaní y Calvario, lo más lógico es que entremos en él con el débito respeto. San Pío de Pietrelcina daba a sus hijas espirituales las siguientes indicaciones (Carta del Padre Pío para Annita Rodote, Pietrelcina, 25 de julio de 1915):

“(. . . ) Con el fin de evitar irreverencias e imperfecciones en la casa de Dios, en la iglesia – que el Divino Maestro llama Casa de Oración – le exhorto en el Señor a practicar lo siguiente: >Entra en la iglesia en silencio y con gran respeto, considerándote indigna de presentarse ante la majestad del Señor. Entre otras consideraciones devotas, piensa que nuestra alma es Templo de Dios y, como tal, tenemos que conservarla pura y sin mancha delante de Dios y de sus ángeles.

>Avergoncémonos por haber dado acceso al diablo y sus seducciones muchas veces (seducción del mundo, su pompa, su llamada a la carne) por no ser capaces de mantener nuestros corazones puros y nuestros cuerpos castos; por haber permitido a nuestros enemigos insinuarse en nuestros corazones, profanando el templo de Dios que somos a través del Santo Bautismo.

>Luego toma Agua Bendita y santíguate lentamente, considerando que ése es el signo de nuestra Redención: la Señal de la Cruz. En cuanto veas a Dios sacramentado haz devotamente una genuflexión arrodillándote hasta el suelo. Primero salúdale a Él, a tu Señor —vivo y verdadero en el Tabernáculo— y luego a la Virgen y a los santos.

>Encontrado el asiento, arrodíllate y concede a Jesús sacramentado el tributo de tu oración y de tu adoración. Confíale todas tus necesitadas y también las de los demás, háblale con abandono filial, ábrele libremente tu corazón y déjale plena libertad de actuar en ti como Él quera.

Asistiendo a la Santa Misa y a las funciones sagradas, permanece con buena compostura estando de pie, arrodillada o sentada,(según el momento) y lleva a cabo cada acto religioso con la mayor devoción. Sé modesta en las miradas, no gires la cabeza de un lado u otro para ver quién entra o sale. No te rías, por respeto al lugar Santo, y también por consideración a quienes están cerca de usted. Intenta no hablar, excepto cuando la Caridad o la estricta necesidad lo requieran.

Si rezas con los demás, pronuncia con claridad las palabras de la oración; haz bien las pausas, no utilices un tono de voz alto, no te apresures nunca, (sigue el ritmo del Sacerdote que dirige y de los demás).

En resumen, compórtate de tal manera que los presentes se queden edificados y, gracias a tu actitud, se sientan impulsados a glorificar y amar al Padre Celestial.

Cuando salgas de la iglesia mantén una postura recogida y en calma: saluda primeramente a Jesús sacramentado, pidiéndole perdón por las faltas cometidas ante Su divina presencia y no te despidas de Él si antes no le hayas pedido y de Él recibido la paternal bendición.

Salida ya de la iglesia, muéstrate tal cual debería ser un discípulo del Nazareno”.

El Santo señala algunos ejemplos: “Cuando esté fuera de la iglesia, sea como todo seguidor del Nazareno debería ser. Sobre todo, sea extremamente modesta en todo, pues esta es la virtud que, más que cualquier otra, revela los sentimientos del corazón (…)

Has de ser modesta al hablar, modesta en la sonrisa, modesta en su porte, modesta al caminar. Todo eso debe ser practicado, no por vanidad,… ni con hipocresía, con el fin de aparecer buena a los ojos de los demás, sino, por la fuerza interna de la Modestia, que reglamenta el funcionamiento exterior del cuerpo.

Por tanto, sea humilde de corazón, circunspecta en las palabras, prudente en sus resoluciones. Sea siempre económica al hablar, asidua a la buena lectura, atenta en su trabajo, modesta en su conversación. No sea desagradable con nadie, sino benevolente para con todos y respetuosa con los más ancianos. Que no salga de usted ninguna mirada extraña, que ninguna palabra osada escape de sus labios, que nunca haga una acción indecente o de alguna forma gratuita;… En suma, deje que todo su exterior sea una imagen vívida de la compostura de su alma (…).

Así, intentemos imitar, tanto como nos sea posible, estas acciones modestas y dignas. Y hagamos lo mejor para ser, en lo que sea posible, semejantes a Él en la Tierra, con el fin de que podamos ser más perfectos y más semejantes a Él por toda la eternidad en la Jerusalén celeste” (…)

Nunca como hoy día deben ser conocidas y practicas estas enseñanzas y estos consejos del más grande místico del siglo XX, del primer Sacerdote estigmatizado de la Historia, el cual, como dijo Juan Pablo II, “era imagen viva del Cristo doliente y resucitado”. María Teresa Moretti

Encuentros Eucarístico Marianos

A.M.D.G.


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