Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes
concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos
tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá
y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa
Voluntad de Dios.

VIGESIMA NOVENA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. La hora del triunfo. Apariciones de Jesús. Los Apóstoles, que habían huido, regresan en derredor de la Santísima Virgen como a su arca de salvación y como a su medianera de perdón. La Ascensión.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:
Madre admirable, heme aquí de nuevo sobre tus rodillas maternas para unirme a Ti en la fiesta y en el triunfo de la Resurrección de nuestro querido Jesús. ¡Qué hermoso es hoy tu aspecto; es todo amabilidad, todo dulzura y todo alegría! En verdad me parece verte resucitada junto con Jesús. ¡Ah, Mamá Santa, en medio de tanta alegría y triunfo no olvides a tu hija! Encierra en mi alma el germen de la Resurrección de Jesús, a fin de que en virtud de ella yo resurja plenamente en la Divina Voluntad y así viva unida siempre a Ti y a mi dulce Salvador.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Hija bendita de mi corazón materno, grande fue mi alegría y mi triunfo en la Resurrección de mi Hijo Divino. Yo me sentí renacida y resucitada en El; todos mis dolores se cambiaron en gozos y en mares de gracia, de luz, de amor y de perdón para las criaturas que habían sido confiadas a mi maternidad por Jesús en el supremo momento de su agonía y que Yo había sellado en mi Corazón con el indeleble sello de mis martirios.
Debes saber, querida mía, que después de la muerte de mi dulce Hijo, Yo me retiré al Cenáculo junto con el amado Juan y con Magdalena.
Mi Corazón sufría mucho al ver que únicamente Juan estaba Conmigo, y en mi dolor preguntaba: “Y los demás Apóstoles… ¿dónde están?”
En cuanto ellos supieron que Jesús había resucitado, tocados por gracias especiales se conmovieron y llorando vinieron uno por uno a Mí, y me pidieron perdón con lágrimas por haber abandonado a su Maestro con su huida vil. Yo los acogí maternalmente en el arca de refugio y de salvación de mi corazón; aseguré a cada uno el perdón de mi Hijo y les di valor para no temer, pues su suerte estaba en mis manos por haberlos recibido como hijos míos.
Si bien Yo estuve presente en la Resurrección de Jesús, no dije nada a ninguno esperando que El mismo se manifestara a todos glorioso y triunfante. La primera que lo vio fue la afortunada Magdalena, después lo vieron las piadosas mujeres, quienes llenas de alegría vinieron a anunciarme que lo habían contemplado resucitado y que el sepulcro estaba vacío, y mientras Yo las escuchaba con semblante de triunfo las confirmaba en la fe de la Resurrección.
Durante ese día casi todos los Apóstoles vieron a su Maestro adorado y cada uno de ellos exultó por haber sido llamado a su seguimiento. Este cambio de comportamiento, querida hija, simboliza y demuestra a lo vivo la triste inconstancia a la que está sujeto el hombre que se deja sojuzgar por su propia voluntad. En realidad ella fue la causa por la que los Apóstoles huyeron abandonando a su Señor, y por la que sintieron tal temor que debieron ocultarse y… aún negarlo, como sucedió con Pedro. Pero si en cambio ellos hubieran estado dominados por la Divina Voluntad, no sólo no se hubieran alejado de su Maestro, sino que, valerosos e intrépidos, habrían permanecido siempre a su lado, sintiéndose honrados en dar su propia vida para defenderlo!
Mi amado Jesús después de la Resurrección estuvo aún en la tierra por cuarenta días y continuamente se aparecía a los Apóstoles y a los discípulos para confirmarlos en la fe y para aumentar su certeza en la Resurrección, y cuando no estaba con los Apóstoles permanecía Conmigo en el Cenáculo rodeado por las santas almas que había sacado del Limbo.
Transcurridos los cuarenta días mi dulce Jesús enseñó por última vez a sus Apóstoles y después de haberme elegido como su Maestra y Guía y de haber prometido el envío del Espíritu Santo, bendiciéndonos a todos tomó el vuelo hacia el Cielo con el cortejo maravilloso de las almas por El liberadas. ¡Yo también tuve el gozo indecible de seguirlo y asistir a la gran fiesta preparada para El en el Cielo! Para Mí la Patria Celestial no era desconocida y sin mi presencia, la fiesta de mi Hijo no hubiera podido ser completa.
Querida hija, todo lo que has escuchado y admirado no ha sido otra cosa que efecto de la Potencia del Divino Querer obrante en Mí y en mi Hijo. ¿Comprendes ahora la razón por la cual Yo ardo en el deseo de encerrar en ti la vida obrante del Divino Querer? Todas las criaturas poseen el Divino Querer pero lo tienen sofocado, como si fuera su siervo, mientras que si le dieran vida en ellos, El podría obrar prodigios de santidad y de gracia y realizar en ellos obras dignas de su Potencia; pero está, en cambio, obligado a permanecer inoperante, su acción está limitada y obstaculizada y las más de las veces en realidad impedida!
Por eso sé atenta y coopera con todas tus fuerzas a fin de que el Cielo de la Divina Voluntad se extienda en ti y con su poder obre como quiera todo lo que quiera.

EL ALMA:
Mamá Santísima, tus bellas lecciones me arrebatan y despiertan en mí el vehemente deseo de poseer la vida operante de la Divina Voluntad en mi alma. Sí, Mamá queridísima, quiero ser también yo inseparable de mi Jesús y de Ti! Pero para tener la mayor seguridad te pido que tomes a tu cargo el trabajo de mantener mi voluntad encerrada en tu materno Corazón; de otra manera las mías serán siempre solamente palabras que nunca se convertirán en hechos. Por ésto, a Ti me encomiendo y de Ti espero todo.

PRACTICA:
Para honrarme harás una visita a Jesús Sacramentado como obsequio a su Ascensión al Cielo y le pedirás que te haga ascender en su Divina Voluntad.

JACULATORIA:
Mamá Querida, con tu poder triunfa en mi alma y hazme renacer en la Voluntad de Dios.

Trigésima meditación


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