Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa Voluntad de Dios.

VIGESIMA CUARTA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. Visita al Templo. María modelo de oración. Jesús se pierde en el Templo.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:
Mamá santa, tu amor materno me llama con voz siempre más potente hacia Ti. Ya veo que te encuentras preparándote para partir de Nazaret hacia Jerusalén. Mamá mía, no me dejes, llévame Contigo y podré escuchar con atención tus sublimes lecciones.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Querida hija, tu compañía y el deseo que muestras por escuchar mis celestiales lecciones para imitarme, son la alegría más pura que puedes dar a mi Corazón materno. Yo gozo porque puedo compartir contigo las inmensas riquezas de mi herencia. Ahora presta atención y te narraré un episodio de mi vida, el cual, si bien tuvo resultado consolador, fue para Mí dolorosísimo; y si el Querer Divino no me hubiera dado sorbos continuos y nuevos de fortaleza y de gracia Yo habría muerto de dolor.
Nosotros continuábamos nuestra vida en la quieta casita de Nazaret y mi querido Hijo crecía en gracia y en sabiduría; El era atractivo por la dulzura y por la suavidad de su voz, por el dulce encanto de sus ojos, por la amabilidad de toda su persona; sí, sí, mi Hijo era en verdad bello, sumamente bello.
El acababa de cumplir la edad de doce años cuando según la usanza debimos ir a Jerusarén para celebrar solemnemente la Pascua.
Nos pusimos en camino El, José y Yo. Mientras proseguíamos devotos y recogidos mi Jesús rompía el silencio y nos hablaba ahora de su Padre Celestial, ahora del amor inmenso que nutría en su Corazón por las almas. Llegando a Jerusalén nos dirigimos al Templo y ahí nos postramos con el rostro en tierra y adoramos profundamente a Dios durante un largo rato. Nuestra oración era tan ferviente y recogida que abría los cielos, atraía y ataba al Padre Celestial y, por eso, se aceleraba la reconciliación entre El y los hombres.
¡Oh, querida hija, quiero confiarte una pena que me tortura: hay muchos que van a la Iglesia a rezar, pero desgraciadamente la oración que dirigen a Dios se queda en sus labios porque su corazón y su mente están muy lejos de El! ¡Cuántos van a la Iglesia por pura costumbre o por pasar inútilmente el tiempo! Estos cierran el cielo en lugar de abrirlo. ¡Cómo son numerosas las irreverencias que se cometen en la casa de Dios! ¡Cuántos castigos se evitarían en el mundo y cuántos otros se convertirían en gracias si todas las almas se esforzaran en imitar Nuestro ejemplo! Solamente la oración que brota de un alma en la que reina la Divina Voluntad obrará en modo irresistible en el Corazón de Dios, pues esa oración es tan potente que puede vencerlo y obtener de El las máximas gracias. Ten, por lo tanto, empeño en vivir en el Divino Querer y tu Mamá que tanto te ama dará a tu oración los derechos de su potente intercesión.
Después de haber cumplido nuestro deber en el Templo y de haber celebrado la Pascua nos dispusimos a regresar a Nazaret. En la confusión del gentío Nos separamos; Yo vine con las mujeres y José con los hombres. Miré en derredor para asegurarme que Jesús viniera Conmigo, pero al no verlo pensé que venía con su padre José. ¿Cuál no fue el estupor que sentimos cuando reuniéndonos nuevamente en el lugar donde debíamos encontrarnos no lo vi con él?
Ignorando lo que había sucedido, sentimos un dolor tan profundo que ambos quedamos sin poder hablarnos. Abatidos por el dolor regresamos apresuradamente, preguntando con ansia a cuantos encontrábamos: “decidnos si habéis visto a Jesús, nuestro Hijo, porque no podemos vivir sin El…”
Y llorando describíamos sus razgos: “El es todo amable, de sus bellos ojos brotan rayos de luz que hablan del corazón, su mirada hiere, rapta y encadena; su frente es majestuosa, su rostro es de una belleza encantadora, su dulcísima voz desciende al fondo del corazón y endulza todas las amarguras, sus cabellos rizados y como de oro finísimo lo hacen gracioso. Todo es majestad, dignidad y santidad en El; El es el más bello entre los hijos de los hombres…”
Pero… no lo encontrábamos, y nadie nos sabía decir algo. El dolor que Yo sentía se recrudecía en tal forma que me hacía llorar amargamente y a cada instante abría en mi Corazón profundos desgarros, los cuales me ocasionaban verdaderos espasmos de muerte.
Querida hija, si Jesús era mi Hijo, también era mi Dios y por ésto mi dolor fue todo en orden divino; es decir, tan potente e inmenso que supera a todos los demás dolores posibles reunidos juntos. Si el FIAT que Yo poseía no me hubiera sostenido continuamente con su fuerza divina Yo hubiera muerto de dolor.
Viendo que ninguno sabía darnos noticia, con ansias interrogaba a los ángeles que me circundaban: “pero decidme, ¿dónde está mi querido Jesús, hacia dónde debo dirigir mis pasos para encontrarlo?
¡Ah, decidle que no puedo más; traédmelo en vuestras alas a mis brazos! ¡Ah, ángeles míos, tened piedad de mis lágrimas, socorredme, traedme a Jesús!”.
Mientras tanto y habiendo sido inútil la búsqueda, regresamos a Jerusalén, y después de tres días de amarguísimos suspiros, de lágrimas, de ansias y de temores, encontramos en el Templo… Yo era toda ojos y buscaba por todas partes… cuando he aquí que, finalmente, llena de júbilo encontré a mi Hijo que estaba en medio de los doctores de la Ley! Hablaba con tal sabiduría y majestad, que los que lo escuchaban quedaban sorprendidos y raptados. Con sólo verlo sentí que regresaba a Mí la vida e inmediatamente comprendí la razón por la cual se nos había perdido.
Ahora, una palabra para ti, querida hija: en este misterio mi Hijo quiso darnos, a Mí y a ti, una enseñanza sublime: ¿podrías acaso tú suponer que El ignoraba lo que Yo sufría? ¡Todo lo contrario!, porque mis lágrimas, mi búsqueda, mi intenso y crudo dolor se repercutian en su Corazón y durante aquellas horas tan penosas El sacrificaba a la Divina Voluntad a su propia Mamá, a quien tanto amaba, para demostrarme que Yo también un día debía sacrificar su misma Vida al Querer Supremo. En esta pena indecible no te olvidé, y pensando que ella te iba a servir de ejemplo la puse a tu disposición a fin de que también tú pudieras tener en el momento oportuno la fuerza para sacrificar todas las cosas a la Divina Voluntad.
En cuanto Jesús acabó de hablar, nos acercamos con reverencia a El y le dirigimos esta dulce pregunta: “Hijo, ¿por qué nos has hecho ésto?” Y El con dignidad divina nos respondió: “¿Por qué me buscábais? ¿No sabéis que he venido al mundo para glorificar a mi Padre?”
Habiendo comprendido el significado de tal respuesta y habiendo adorado en ella al Querer Divino iniciamos nuestro retorno a Nazaret.
Hija de mi Corazón materno, escucha: cuando perdí a mi Jesús el dolor que sentí fue muy intenso y a este dolor se agrega ahora un segundo dolor: el dolor de perderte a ti. En verdad, previendo que tú te habrías alejado de la Voluntad Divina, Yo me sentí a un tiempo a privar de mi Hijo y de mi hija, y por ésto mi maternidad sufrió un doble dolor!
Hija mía, cuando estés en camino de hacer tu voluntad en lugar de hacer la Voluntad de Dios debes reflexionar que abandonando al FIAT Divino estás por perder tanto a Jesús como a Mí y por precipitarte en el reino de las miserias y de los vicios.
Debes mantener la palabra que me has dado de permanecer indisolublemente unida a Mí y Yo te daré la gracia de no hacerte dominar por tu querer nunca más sino de vivir exclusivamente del Querer Divino.

EL ALMA:
Mamá Santa, tiemblo pensando en los abismos en los que mi voluntad es capaz de precipitarme. Por su causa yo puedo perderte a Ti, a Jesús y todos los bienes celestiales. Mamá, si Tú no me ayudas, si no me ciñes con la Potencia de la Luz del Querer Divino, siento que no me será posible vivir con constancia en la Voluntad Divina. Por ésto, pongo nuevamente toda mi esperanza en Ti, en Ti confío y de Ti espero todo. Así sea.

PRACTICA:
Recitarás tres Aves Marías para compartir el dolor intenso que tuve los tres días en los que permanecí privada de Jesús.

JACULATORIA:
Mamá Santa, haz que yo pierda para siempre mi voluntad para vivir únicamente en el Divino Querer.

Vigésima quinta meditación


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