Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa Voluntad de Dios.

VIGESIMA PRIMERA MEDITACION- La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. Una nueva estrella con su dulce centelleo llama a los Reyes Magos a adorar a Jesús. La Epifanía.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:
Heme aquí de nuevo en tu regazo, Mamá Divina. El dulce Niño que estrechas a tu Corazón y tu suave belleza me raptan en tal forma que no siento fuerzas para apartarme de Ti. Hoy tu aspecto es más bello que de costumbre; se diría que el dolor de la circuncisión te haya enriquecido con nuevo encanto. Veo que tu mirada vuela lejos, en espera de personas queridas por Ti, a las cuales deseas y suspiras hacer conocer a tu Jesús.
Por ésto yo me estrecho más fuertemente a tu Corazón para no perder ni una de las lecciones que estás por impartirme.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Hija mía, tienes razón en encontrarme más bella. Has de saber que el dolor que sufrí por la circuncisión de mi Jesús me hizo doblemente Madre: Madre de mi Hijo y Madre de todos los dolores; así que, ante la Divinidad, con el doble derecho de maternidad adquirí doble derecho de gracia para Mí y para todo el género humano. Esta es la causa por la cual me encuentras tú ahora más bella.
Hija mía, ¡cuán dulce es hacer el bien y sufrir en paz por amor de Aquél que nos ha creado!. De éste modo el hombre llega a vincularse con la Divinidad y a cambio obtiene de Ella un amor siempre creciente y gracias sin número, las cuales, no pudiendo estar ociosas tienden a expandirse y a comunicarse a todos para hacer conocer a Aquel que las ha dado.
Dios mismo, que no sabe negar nada a quien lo ama, viendo que Yo me consumía en el deseo de hacer conocer a todas las almas al esperado Mesías, hizo aparecer en el cielo azul una nueva estrella más bella y más luminosa que las demás y con su luz y con su mudo centelleo anunciaba a todo el mundo que el Redentor había nacido, e iba en busca de adoradores que vinieran a reconocerlo como a su Salvador y como a su Rey. Pero… ¡oh ingratitud humana!, entre tantos hombres solamente hubo tres personajes que prestaron atención a su invitación y la siguieron sin considerar los sacrificios que el viaje les habría de imponer.
Mientras ellos venían por el camino que les indicaba la estrella, mis oraciones, mi amor, mis gracias y mis suspiros los preparaban para el encuentro y descendiendo en sus corazones hicieron aparecer en ellos otras tantas estrellas que iluminaban sus mentes y dirigían su interior; de modo que ellos sin conocer aún al celestial Niño ya lo amaban, lo buscaban y apresuraban el paso para llegar adonde El estaba y contemplarlo.
Mi Corazón de Madre gozaba por la felicidad, por la correspondencia y por los sacrificios de aquellos generosos Reyes Magos, pero al mismo tiempo se sentía amargado al constatar que entre tantos hijos míos dispersados por el mundo, solamente se presentaran tres para conocer y adorar al Niño Dios. Hija mía, cuántas veces en la historia de los siglos, desgraciadamente me es renovado este dolor de la ingratitud humana. Pero a pesar de ésto mi Hijo y Yo hacemos continuamente surgir estrellas, una más bella que la otra, para atraer a los hombres ahora al conocimiento de su propio Creador, ahora a la santidad, ahora a resurgir del pecado, ahora al heroísmo de un sacrificio.
Y ¿quieres saber tú cuáles son estas estrellas? Un encuentro doloroso, un afecto no correspondido por otras criaturas, una verdad que no se conoce, una pena, un desengaño, un encuentro inesperado… son otras tantas estrellas que quieren llevar luz a las mentes de las criaturas para encaminarlas hacia el Celeste Niño, el Cual, llorando, busca refugio en sus corazones para hacerse conocer y amar. Pero, con sumo dolor nuestro, la mayoría de las veces esperamos en vano que los hombres vengan a Nosotros. Ellos no buscan a Jesús y me impiden hacerla para ellos de Madre; por eso las estrellas se ocultan a sus miradas y ellos quedan en la Jerusalén del mundo privados de Dios. Se necesita amor, correspondencia, fidelidad y sacrificio para seguir las estrellas, y se necesita atención para acoger con provecho al Sol del Divino Querer cuando surge en el alma y así no estar en peligro de permanecer en la obscuridad del querer humano.
Hija mía, los Santos Reyes al entrar en Jerusalén perdieron de vista la estrella; pero como no dejaron de buscar a Jesús, el astro volvió a aparecer en cuanto estuvieron fuera de la ciudad y los guió a la gruta en donde Yo los acogí con mi materno amor cuando llegaron. El querido Niño los miró con ternura y majestad grandes y de su pequeña Humanidad hizo brotar un rayo de su Divinidad, ante el cual los Reyes Magos se arrodillaron a sus pies y adorándolo profundamente lo reconocieron extasiados como al verdadero Dios.
Después le ofrecieron el oro de sus propias almas, el incienso de su fe y adoración y la mirra de todo su ser y de cada sacrificio y…
a estos actos de ofrecimiento interno agregaron el don material del oro, del incienso y de la mirra, símbolos de su ofrecimiento interior. Y sintiendo Yo que mi amor de Madre no quedaba satisfecho aún, quise poner al dulce Niño entre sus brazos; ellos lo recibieron con veneración inmensa, lo besaron, lo estrecharon a su pecho y gozaron en sí mismos del Paraíso anticipadamente.
Mediante esta manifestación mi Hijo ató a todas las naciones gentiles al conocimiento del verdadero Dios, extendió a todos los hombres los beneficios de la Redención, procuró el regreso a la fe a todos los pueblos, se constituyó Rey de reyes y con las armas de su amor, de sus penas y de sus lágrimas, imperando sobre todos, llamó al Reino de su Divina Voluntad a la tierra!
Luego Yo, ejerciendo mi oficio de Madre y Reina les hablé largamente de la Encarnación del Verbo, los fortifiqué en la fe, en la esperanza y en la caridad y les pedí que lo hicieran conocer a todos; después los bendije y los hice bendecir por el querido Niño, y así ellos felices y conmovidos hasta las lágrimas, partieron de regreso a sus lejanos paises. Pero no los dejé partir solos, sino que los acompañé con mi maternal afecto y en recompensa del amor que nos habían demostrado les hice sentir en sus corazones la inefable presencia de Jesús.
Hija querida, Yo me siento verdaderamente Madre cuando veo que mi Hijo domina y posee a quienes lo buscan y lo aman y en ellos forma su morada perenne. Por ésto, si quieres que Yo habite en tu alma y ejerza mi oficio de Madre hacia ti, como lo ejerzo con mi Hijo, invítame a poner a Jesús en tu corazón… ahí tú lo contentarás con tu amor, lo alimentarás con el alimento de su Voluntad, lo vestirás con la santidad de tus acciones y sólo entonces será cuando tú me des la verdadera alegría de mi fecundidad materna.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:
Mamá santa, ¡cómo me siento feliz y cuánto te debo agradecer por el deseo que tienes de poner al Celestial Niño en mi corazón! ¡Ah, te pido, ocúltame bajo tu manto a fin de que yo no mire ninguna otra cosa sino sólo al pequeño Jesús que está encerrado en la prisión de mi alma.

PRACTICA:
Para honrarme vendrás tres veces a besar al Niño Celestial y pidiéndome que lo encierre en tu corazón le darás el oro de tu voluntad, el incienso de tus adoraciones y la mirra de tus penas y sacrificios.

JACULATORIA:
Mamá Celeste, cúbreme con tu manto y enciérrame en la Divina Voluntad.

Vigésima segunda meditación


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