Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa Voluntad de Dios.

VIGESIMA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. Llega la primera hora de dolor. Heroísmo materno en el rito de la circuncisión.

EL ALMA A SU REINA:
Dulcísima Mamá mía, heme aquí de nuevo Contigo, esta hija tuya no puede estar sin Ti. El dulce encanto del celeste Niño que ahora estrechas en tus brazos y ahora arrodillada adoras en el pesebre, ¡me rapta!. Tu suerte feliz es la dulce recompensa del mismo FIAT que extendió en Ti su Reino. ¡Ah Mamá, prométeme que harás uso de la potencia para formar también en mí el Reino de la Divina Voluntad!

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Hija querida, Yo deseo ardientemente tenerte junto a Mí para contarte nuestra historia de amor y de dolor; tu presencia me conforta, pues la compañía de quien nos ama endulza las amarguras, mitiga las penas y hace las alegrías más dulces y suaves.
Debes saber entonces que transcurridos apenas ocho días del Nacimiento del Infante Divino, el deber interrumpió nuestra felicidad, pues nos imponía circuncidar a mi pequeño Jesús según el rito hebreo.
La circuncisión era un rito dolorosísimo al que debían someterse todos los primogénitos de aquel tiempo. Mi Hijo que era inocente y que había venido para restaurar en la tierra la ley del amor no debería haber sufrido la ley, que era herencia del pecado. De todos modos, quiso sujetarse para levantar al hombre degradado y para mejor hermanarse con él.
El pensamiento de tener que someter a mi querido Hijo, mi Vida, mi mismo Creador, a un dolor tan acervo, hacía sangrar mi Corazón de Madre y me hacía desear sostener la pena que El estaba por sufrir. Pero el Querer Supremo infundiéndome el heroísmo que me era necesario se impuso a mi amor y Yo, junto con San José, obedecí prontamente al FIAT Divino y, sin titubear, seguí sus órdenes.
¡Qué hora de sufrimiento y aflicción fue la de la circuncisión!
Viendo que el Dios Niño lloraba y gemía, me sentí arrancar el corazón y no pudiendo soportar el dolor, derramé con mi Esposo las más ardientes lágrimas. En aquel instante el mismo dolor que nos traspasó se extendió por la tierra entera, invadiendo, cual mar interminable a todas las criaturas y les llevó la primera prenda de amor y la misma Vida de mi Unigénito para ponerlas a todas a salvo. Has de saber, hija mía bendita, que el corte de la circuncisión encerraba en sí profundos misterios. La sangre que brotó de la pequeña Humanidad de mi Hijo formó el sello de hermandad entre El y toda la familia humana y constituyó el primer pago que El quiso ofrecer a la Justicia Divina para rescatar a todas las generaciones. Mira, hija mía, qué ejemplo admirable de obediencia nos quiso dar el Celeste Niño. El, autor mismo de la ley, se sometió a ella para enseñarnos que la santidad consiste en dar vida a la Divina Voluntad en el cumplimiento de los propios deberes y en la observancia de la ley. ¡Santidad sin Voluntad Divina no existe!. ¡Es la Divina Voluntad, por medio de los deberes, la que da el orden, la armonía y el sello a la santidad!.
Has de saber, hija mía, que en toda la vida de Jesús no hubo ni obra ni pena que no haya tenido la finalidad de restablecer la Vida de la Divina Voluntad en la criatura humana. Debes tener sumo cuidado de cumplir en toda circunstancia, aun dolorosa o humillante, el Divino Querer, pensando que todas las cruces no son otra cosa que la materia prima de la que se sirve el Señor para infundir y alimentar en ti su Vida Divina.
Además de ésto, el Verbo hecho carne quiso sufrir la dolorosa incisión para sanar la herida mortífera que Adán se había hecho sustrayéndose de la Divina Voluntad. Y como cada acto de querer humano abre en el alma una nueva llaga, así mi querido Hijo preparó con su propia Sangre un lavado saludable para purificar al hombre de todas sus culpas, para fortificarlo y embellecerlo, para hacerlo digno de recibir nuevamente la Divina Voluntad, fuente de santidad y de felicidad que el mismo hombre ignominiosamente había rechazado.
Como consuelo a nuestra pena tan amarga, el adorable Querer de Dios nos reservó la más dulce de las alegrías, al hacernos imponer al recién nacido Mesías el nombre santísimo de “Jesús”, que había indicado el Angel. ¿Quién te podrá decir, hija mía, la emoción que sentimos al pronunciar este santo nombre que sería para los hombres el bálsamo de todos sus dolores, la defensa en los peligros, la victoria en las tentaciones y el remedio de todos sus males? ¡Nombre potente, Nombre santo, Nombre grande! Tú haces temblar al infierno, eres reverenciado por los ángeles, suenas dulce al oído del Padre Celestial; ante Ti todos se arrodillan en adoración. Sólamente quien te invoca con fe puede experimentar las maravillas y el secreto milagroso de la virtud que en Ti mismo contienes!.
Querida hija, una última recomendación quiero hacerte: cuando veas que tu voluntad humana, débil y vacilante, titubea en seguir la Divina, pronuncia el santísimo nombre de Jesús y El te la afirmará en el FIAT Divino; si estás oprimida dirígete a Jesús; cuando trabajes, llama a Jesús; cuando descanses conserva en tus labios este santo Nombre; cuando despiertes, tu primera palabra sea “Jesús”! Invoca siempre este Nombre bendito, pues El contiene mares de gracia que les vienen dados a todos aquéllos que lo pronuncian con amor.

EL ALMA A SU REINA:
Mamá Celeste, ¡cuánto agradecimiento te debo por las preciosas lecciones que me has dado!. ¡Ah, te pido que grabes en mi corazón tus lecciones para que yo no las pueda olvidar nunca! Te suplico que quieras sumergir mi alma en la Sangre del Celeste Niño para que Ella sane las heridas que me ha causado mi voluntad.

PRACTICA:
Para honrarme pronunciarás a menudo durante el día el Santísimo Nombre de “Jesús”.

JACULATORIA:
Mamá mía, graba en mi corazón el Santísimo Nombre de Jesús, para que El me dé la gracia de vivir siempre de Voluntad Divina.

Vigésima primera meditación


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