Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa Voluntad de Dios.

DECIMA NOVENA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. El pequeño Rey Jesús nace, los Angeles y los pastores lo adoran y el Cielo y la tierra exultan. El Sol del Verbo Eterno termina con la noche del pecado y da principio al pleno día de la Gracia.

EL ALMA A SU MAMA CELESTIAL:
Mamá santa, hoy siento un ardiente deseo de venir a Ti para encontrar y gozar al Celestial Niño en tus brazos. Su belleza me arroba, sus miradas me hieren; sus ojos, prontos al llanto, a los gemidos, a los sollozos, me excitan a amarlo siempre más. Madre mía queridísima, yo sé que Tú me amas y por eso te pido que me tomes entre tus brazos para que yo pueda ofrecer mi primer beso a Jesús y pueda poner en su Corazón los secretos que me oprimen tanto. Y para hacerlo sonreír le diré: “mi voluntad es tuya y la Tuya es mía, forma en mí el Reino de tu FIAT Divino”.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Querida hija mía, cómo anhelo estrecharte a Mí, para presentarte ante mi dulce Niño y poderle decir: “No llores, mira, aquí con Nosotros está mi querida hija que quiere reconocerte como su Rey y desea confiarte el dominio de su alma para que Tú formes en ella el Reino de la Divina Voluntad”. Ahora, hija de mi Corazón, acaricia al Niño Jesús y, mientras tanto, pon atención a lo que te quiero decir.
Era media noche cuando El dejó mi seno materno, y ya te expliqué cómo su Nacimiento puso en fuga las tinieblas de la voluntad humana y del pecado. Cada cosa creada comenzó en aquella hora a dar gloria a su mismo Creador Humanado. El sol se dispuso a ofrecerle sus primeros besos y a calentarlo con su calor, el viento con sus suaves ráfagas purificó el aire de aquella habitación y con su dulce murmullo le dijo “te amo”. Los cielos se estremecieron, la tierra exultó y tembló hasta sus abismos más bajos, el mar murmuró con sus olas; en una palabra, todos los elementos reconocieron y proclamaron que el Señor, Rey del universo, ya estaba en medio de ellos y todos, haciéndose competencia, lo alabaron.
Los mismos ángeles, haciéndose visibles, inundaron el lugar con luz vivísima y con sus voces melodiosas cantaron potentemente, para poder ser escuchados por todos: “Gloria a Dios en el Cielo y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”. Presentáronse después estos ángeles a los pastores y uno de ellos les anunció: “Hoy ha nacido el Salvador; encontrarán un Niño envuelto en pañales en un pesebre”.
En cuanto pude estrechar a mi Corazón al recién nacido, lo adoré profundamente y con inmensa devoción, levantándolo entre mis brazos, lo ofrecí al Padre Eterno. Después de haberlo envuelto en pobres pañales llamé al querido San José. La alegría, la emoción y la admiración que sintió al contemplar por primera vez a mi Unigénito fueron indecibles.
Habiéndolo adorado con profundísima humildad lo recibió de mis manos, y teniéndolo en sus brazos lo veneró, y estrechándolo se ofreció a sí mismo, recibiendo del Celestial Niño torrentes de gracias.
Después de haber gozado las sobrehumanas alegrías de los primeros abrazos divinos, mi esposo y Yo pusimos un poco de heno en el pesebre y ahí lo acomodamos. Tal era su Voluntad y Yo no podía hacer menos que seguirla. Raptada por su belleza me arrodillé delante de El y di desahogo a todos los mares de amor que el Querer Divino había formado en Mí y de mi Corazón Materno hice salir incesantes actos de ternura, de adoración, de alabanza y de agradecimiento.
Y el Celestial Niño ¿qué hacía entre tanto en el pesebre? El vivía en un continuo abandono a la Voluntad del Padre Celestial, que era también suya. Dando gemidos y suspiros suavísimos, El, llorando, llamaba a todos amorosamente diciendo: “Hijos míos, venid pronto a Mí, por amor vuestro he nacido al dolor, a las lágrimas; venid todos a conocer el exceso de mi amor, dadme acogida en vuestros corazones”.
Los sencillos pastores fueron los primeros que correspondieron a la llamada divina; abandonaron sin tardanza sus rebaños y vinieron a adorar al recién nacido Mesías, y El dio a cada uno en particular su dulce mirada y su sonrisa de amor.
Ahora, hija mía, pon atención a ésto: tú fácilmente puedes imaginar que toda mi alegría consistía en tener en mi regazo a mi querido Hijo Jesús; sin embargo, el Querer Divino me hizo comprender que debía ponerlo en el pesebre, para que estuviera a disposición de todos y para que quien quisiera pudiera mimarlo, besarlo y tomarlo entre sus brazos como si fuera suyo. El era el pequeño Rey de todos y por ésto cada uno tenía el derecho de apropiarse de El, como de una dulce prenda de amor. Para dar cumplimiento al Querer Divino Yo me privé de esta santa alegría y desde ese momento comencé, con obras y sacrificios, a ejercer mi oficio de Madre que consiste en dar a todos a mi querido Jesús.
Hija mía, la Divina Voluntad es exigente, quiere todo, también el sacrificio de las cosas santas y en ciertas circunstancias pide aun la gran privación del mismo Jesús; y ésto lo hace para extender mayormente su Reino y para multiplicar su Vida en las almas.
El heroísmo de una criatura que por amor de Jesús llega a privarse de El, tiene un precio tan grande que atrae y produce la Vida de Dios en las almas que desgraciadamente no la poseen. Por tanto, hija mía, está atenta y no rehuses, por ningún pretexto, nada a la Divina Voluntad.

EL ALMA:
Mamá Santa, tus bellas lecciones me alientan inmensamente; si quieres que las ponga en práctica, no me dejes sola, estréchame fuertemente a tu Corazón materno y cuando esté por sucumbir bajo el enorme peso de la privación divina infúndeme la fuerza de no negar nada a la Divina Voluntad.

PRACTICA:
Para honrarme vendrás tres veces a visitar al Niño Jesús y besando sus manitas le ofrecerás actos de amor para consolarlo.

JACULATORIA:
Mamá santa, derrama las lágrimas de Jesús en mi corazón para preparar en mí el triunfo de la Voluntad Divina.

Vigésima meditación


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