Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa Voluntad de Dios.

DECIMA SEPTIMA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. En la hoguera de su amor, María, sintiéndose Madre de Jesús, se encamina en busca de los corazones para santificarlos. Visita a Santa Isabel y santificación de Juan.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:
Mamá Celestial, tu pobre hija tiene extrema necesidad de Ti, siendo Tú mi Madre y Madre de Jesús, siento que tengo el derecho de estar junto a Ti, de ponerme a tu lado y de seguir tus pasos para modelar los míos.
¡Ah Mamá Santa, dame tu mano y condúceme, a fin de que yo pueda aprender a dar vida en mí a la Divina Voluntad en las diversas acciones de mi vida!

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Hija bendita, cómo es dulce tu compañía, al ver que quieres seguirme para imitarme siento refrigerio a las llamas de amor que me devoran. Oh sí, teniéndote junto a Mí, podré con más facilidad enseñarte a vivir de Voluntad Divina. Ahora sígueme y escúchame.
En cuanto fui Madre de Jesús y Madre tuya, mis mares de Amor se multiplicaron y no pudiéndolos contener todos en Mí, sentía la necesidad de expandirlos y de ser la primera portadora de Jesús a todas las criaturas, aun a costa de grandes sacrificios, y ¿por qué digo grandes sacrificios? Cuando se ama de verdad, los sacrificios y las penas son refrigerios, son alivios y desahogos del amor que se posee.
¡Oh, hija mía, si tú no conoces el bien del sacrificio, si no sientes cómo te da las alegrías más íntimas, es señal de que el Amor Divino no llena toda tu alma y por tanto, de que la Divina Voluntad no reina completamente en ti, pues Ella es la única que da la fuerza al alma para hacerla invencible y capaz de soportar cualquier pena!
Pon la mano en tu corazón y mira cuántos vacíos de amor hay.
Reflexiona: esa secreta estima de ti misma, ese turbarte por la más mínima contrariedad, esos apegos que sientes a las cosas y a las personas, ese cansancio en el bien, ese fastidio que sientes con lo que no va de acuerdo a tus deseos… equivalen a otros tantos vacíos de amor en tu corazón, vacíos que te privan de la fuerza y del deseo de ser colmada de Voluntad Divina. ¡Oh, cómo sentirías también tú la virtud reconfortante y conquistante en tus sacrificios si llenas de amor estos vacíos en tu corazón! Hija, dame la mano y sígueme para que Yo continúe dándote mis lecciones:
Salí de Nazaret, acompañada de San José, para ir a visitar a Isabel en Judea afrontando un largo viaje, atravesando montes; Isabel en su vejez se encontraba milagrosamente encinta. Yo fui a ella no para hacerle una simple visita, sino porque ardía en deseos de llevarle a mi Jesús. La plenitud de Gracia, de Amor, de Luz, que sentía dentro de Mí, me empujaba a llevar, a multiplicar y centuplicar la vida de mi Hijo en todas las criaturas.
Sí, hija mía, el amor de Madre que tuve por todos los hombres y por ti en particular, fue tan grande, que sentí la extrema necesidad de dar a todos a mi querido Jesús, para que todos lo pudieran poseer y amar.
El derecho de Madre que me concedió el FIAT, me enriqueció con tal potencia que podía multiplicar tantas veces a Jesús por cuantas eran las criaturas que lo quisieran recibir. Este era el milagro más grande que Yo pude realizar: tener a Jesús para darlo a quienquiera que lo deseara.
¡Oh, cómo me sentía feliz! ¡Cómo quisiera que también tú, acercándote a las demás personas y haciéndoles visitas, fueras siempre portadora de Jesús, capaz de hacerlo conocer y deseosa de hacerlo amar!.
Después de algunos días de viaje llegué finalmente a Judea y prontamente de allí a la casa de Isabel quien me salió al encuentro alegremente. Al saludo que le di sucedieron hechos maravillosos: mi pequeño Jesús exultó en mi seno y fijando con los rayos de su propia Divinidad al pequeño Juan en el seno de su madre, lo santificó, le dio el uso de la razón y le hizo conocer que El era el Hijo de Dios; Juan entonces exultó de amor y de alegría tan fuertemente que Isabel se sintió estremecer, e iluminada también por esa luz de la Divinidad de mi Hijo supo inmediatamente que Yo era ya la Madre de Dios y en el extremo de su amor, rebosando de gratitud, exclamó: “¿De dónde a mí tanto honor… que la Madre de mi Señor venga a mí?”
Yo no negué el altísimo misterio, sino que lo confirmé humildemente, alabando a Dios con el cántico del Magnificat, por medio del cual la Iglesia continuamente me honra, y anuncié que el Señor había hecho en Mí, su esclava, maravillas, y que por eso todas las generaciones me llamarían Bienaventurada.
Hija mía, Yo me sentía arder en el deseo de dar un desahogo a las llamas de amor que me consumían y de comunicar mi secreto a Isabel, quien también suspiraba por la venida del Mesías a la tierra. El secreto es una necesidad del corazón que irresistiblemente se revela a las personas que son capaces de entenderse. ¿Quién podría decirte cuánto bien dejó mi visita a Isabel, a Juan, y a toda esa casa? Todos fueron santificados, y llenos de alegría, teniendo felicidades nuevas, comprendieron cosas inauditas y Juan, en particular, recibió todas las gracias que eran necesarias para prepararse a ser el Precursor de mi Hijo.
Queridísima hija, la Divina Voluntad hace cosas grandes y admirables en donde reina. Si Yo obré tantos prodigios, fue porque Ella tenía su puesto de Reina en mí; si también tú dejaras reinar al Divino Querer en tu alma serías también la portadora de Jesús a las demás criaturas y sentirías el irresistible deseo de hacerlo conocer por todas.

EL ALMA:
Mamá Santa, cuánto te agradezco por tus hermosas lecciones, siento que me dan tal poder que me hacen suspirar continuamente la vida de la Divina Voluntad. Y para obtener esta grandísima gracia, ven, desciende junto con Jesús a mi alma, renueva en mí la visita que hiciste a Santa Isabel y también los prodigios que para ellos obraste.
¡Ah sí, Mamá, tráeme a Jesús, santifícame; con Jesús sabré hacer y vivir solamente de su Santísima Voluntad!

PRACTICA:
Para honrarme recitarás tres veces el Magnificat en agradecimiento por la visita que hice a Santa Isabel.

JACULATORIA:
Mamá Santa, visita también a mi alma y prepara en ella una digna habitación a la Divina Voluntad

Décima octava meditación


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