Oración a la Reina del Cielo antes de cada meditación
Reina Inmaculada, Celestial Madre mía, yo vengo a tus rodillas maternas para abandonarme como tu querida hija entre tus brazos y pedirte con los suspiros más ardientes la máxima Gracia que Tú puedes concederme: Mamá Santa, Tú, que eres la Reina del Reino de la Divina Voluntad, admíteme a vivir en El como hija tuya, y haz que este Reino ya no esté de ahora en adelante desierto, sino muy poblado de hijos tuyos.
Soberana Reina, a Ti me confío a fin de que Tú guíes mis pasos en este santo Reino. Teniéndome tomada con tu mano materna haz que todo mi ser viva vida perenne en la Divina Voluntad. Tú serás mi Mamá y yo te entregaré mi voluntad a fin de que Tú la cambies por la Voluntad Divina. Te pido que ilumines mi mente y me asistas para que yo pueda comprender bien qué cosa es y qué cosa significa vivir en la Santa Voluntad de Dios.

NOVENA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.
Es constituída por Dios vínculo de Paz entre el Creador y la criatura.

EL ALMA A SU CELESTIAL REINA:
Soberana Señora y Mamá mía queridísima: me siento atraer por la fuerza del amor que arde en tu Corazón. Tú quieres narrarme lo que hiciste por tu hija en el Reino de la Divina Voluntad, ¿no es verdad?.
¡Ah, Mamá santa, en tus gozos, en tus castas sonrisas con tu Creador nunca te olvides de mí, tu hija, de mí, que vivo en el exilio!
Yo siento tanta necesidad de Ti porque estoy muy a menudo sujeta a mi voluntad, la cual quisiera arrojarme en los abismos de sus múltiples y graves males.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:
Hija de mi materno Corazón, no temas, no me olvidaré de ti jamás y si tú haces siempre la Divina Voluntad seremos inseparables, porque Yo te tendré constantemente estrechada a Mí y seré tu guía en el Reino del FIAT Supremo. Haz a un lado todo temor porque en el Querer Divino todo es paz y seguridad. Es solamente la voluntad humana la que perturba los corazones y pone en riesgo las obras más bellas y más santas; en ella todo está en peligro: peligra la santidad, peligran las virtudes y aun la misma salvación del alma. La característica de quien vive de querer humano es la volubilidad. ¿Quién podrá confiarse de una persona que se hace dominar por su propia voluntad? ¡Ninguno, ni Dios ni los mismos hombres!, pues es igual que una caña seca que se mueve a cada soplo del viento. Por eso, hija mía, si te ves inconstante, arrójate en el mar de la Divina Voluntad y ven a esconderte en el regazo de tu Mamá, a fin de que Yo te defienda del viento del querer humano y estrechándote entre mis brazos te haga firme y segura en el camino del Reino Divino.
Ahora, hija mía, sígueme ante la Majestad Suprema y escúchame: en cuanto Yo me arrojaba con rápido vuelo entre los Brazos Divinos, era recibida por un océano de amor, el cual lanzaba sobre Mí sus olas impetuosas. ¡Oh, hija mía, cuán dulce es el sentirse amar por Dios! ¡El alma sumergida en su amor, se deleita en una alegría sin fin, en una felicidad indecible y adquiere una santidad y una belleza tan excelsa, de raptar a Dios mismo! Yo también quería imitar a mi Señor y aunque era pequeña, quería corresponder su inmenso amor; y sirviéndome de sus mismas olas, Yo le hacía regresar a El mi correspondencia y sonreía porque sabía que mi ternísimo amor nunca hubiera podido cubrir la inmensidad del suyo. También el Ser Supremo sonreía a mi sonrisa, me festejaba y se entretenía con mi pequeñez.
En tanta fiesta Yo no me olvidaba del estado doloroso de la familia humana en la tierra, a la cual Yo pertenecía. Por eso, doliéndome, suplicaba que descendiera el Verbo Eterno a poner remedio; Yo imploraba con tal ternura que transformaba mi sonrisa y mi suavísima fiesta en doloroso llanto. El Altísimo se conmovía ante mis lágrimas y estrechándome en su Seno Divino, me decía: “Hija, no llores, ten valor, en tus manos hemos depositado la suerte del género humano; te hemos confiado el mandato y ahora, para consolarte aun más, te constituímos vínculo de paz entre Nosotros y la familia humana. A Ti te es dado el ponernos nuevamente en paz, porque la Potencia de nuestro Querer que reina en Ti, nos impone dar el beso del perdón a la pobre humanidad caída y en peligro de todo».
Hija mía, ¡oh, cuánto se alegró mi materno Corazón ante tanta condescendencia Divina! Gracias a la Misericordia infinita del Señor, Yo era constituída Mediadora entre Dios y el género humano, inclinaba al Creador hacia la criatura, vinculaba a las almas y las elevaba hasta los brazos del Padre, obteniendo así para ellas su beso de paz. Desde aquel instante contemplé todos los siglos y llevé a cada hombre el beso de la paz Divina; lo llevé a los pecadores para que les rompieran las cadenas de la culpa y para enternecer aun los corazones más duros; lo llevé a los incrédulos para que gustaran el abrazo benéfico de la Fe; lo llevé a los afligidos para que recibieran el beso suave del consuelo; lo llevé a los moribundos para que pronto pudieran levantar su vuelo al Cielo.
Investida de tan dulce encargo, constantemente presentaba a mi Padre Celestial a todos mis hijos y le pedía que a todos quisiera dar su perdón y su abrazo paterno. Así mi Maternidad se hizo en tal forma fecunda, que dejó estupefactos a los mismos ángeles del cielo.
Hija mía, en todas las circunstancias de tu vida, especialmente en las más dolorosas, en los abandonos y humillaciones, en las tribulaciones y en las desolaciones, ven a tu Mamá y Yo te daré la paz. Este es un don concedido por Dios a Mí: poner la paz en todas partes; infundir la paz que une a Dios con unión inseparable, que da muerte al pecado y vida a la Gracia y que sabe sojuzgar al humano querer, para hacer reinar en su lugar el FIAT Divino.

EL ALMA:
Mamá Bella, ayuda a tu hija, cúbreme también a mí con las olas del eterno amor, implora a Dios el perdón de mis pecados, hazme sentir el beso de paz de mi Creador y ponme Tú misma en el mar de la Divina Voluntad.

PRACTICA:
Para honrarme, recitarás nueve Gloria Patri a la Santísima Trinidad y así agradecerle el encargo que me confió para la salvación de las criaturas.

JACULATORIA:
Reina de la Paz, obténme el dulce beso de paz de la Voluntad Divina.

Décima meditación


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