Oraciones iniciales

Veni Creator Spiritus (1-12)

Ven Espíritu creador; visita las almas de tus fieles. Llena de la divina gracia los corazones que Tú mismo has creado.
Tú eres nuestro consuelo, don de Dios altísimo, fuente viva, fuego, caridad y espiritual unción.
Tú derramas sobre nosotros los siete dones; Tú el dedo de la mano de Dios, Tú el prometido del Padre, pones en nuestros labios los tesoros de tu palabra.
Enciende con tu luz nuestros sentidos, infunde tu amor en nuestros corazones y con tu perpetuo auxilio, fortalece nuestra frágil carne.
Aleja de nosotros al enemigo, danos pronto tu paz, siendo Tú mismo nuestro guía evitaremos todo lo que es nocivo.
Por Ti conozcamos al Padre y también al Hijo y que en Ti, que eres el Espíritu de ambos, creamos en todo tiempo.
Gloria a Dios Padre y al Hijo que resucitó de entre los muertos, y al Espíritu Consolador, por los siglos infinitos. Amén.

Ave Maria Stella (1-33)

Salve, estrella del mar,
Madre santa de Dios
y siempre Virgen,
feliz puerta del cielo.

Aceptando aquel «Ave»
de la boca de Gabriel,
afiánzanos en la paz
al trocar el nombre de Eva.

Desata las ataduras de los reos,
da luz a quienes no ven,
ahuyenta nuestros males,
pide para nosotros todos los bienes.

Muestra que eres nuestra Madre,
que por ti acoja nuestras súplicas
Quien nació por nosotros,
tomando el ser de ti.

Virgen singular,
dulce como ninguna,
líbranos de la culpa,
haznos dóciles y castos.

Facilítanos una vida pura,
prepáranos un camino seguro,
para que viendo a Jesús,
nos podamos alegrar para siempre contigo.

Alabemos a Dios Padre,
glorifiquemos a Cristo soberano
y al Espíritu Santo,
y demos a las Tres personas un mismo honor. Amén.

Magnificat (1-12)

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humildad de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
El hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Meditaciones

Según Ejercicios Espirituales para la Consagración de San Luis Grigñon Monfort a la Virgen María

Lectura sugerida: Santo Evangelio (Mt 7,13-27)

Los dos caminos

13 «Entrad por la entrada estrecha, porque ancha es la entrada y espacioso el camino* que lleva a la perdición; y son muchos los que entran por ella. 14 En cambio, ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida! Y pocos son los que lo encuentran.

Los falsos profetas

15 «Guardaos de los falsos profetas*, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. 16 Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? 17 Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. 18 Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producirlos buenos. 19 Todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego. 20 Así que por sus frutos los reconoceréis.

Los verdaderos discípulos

21 «No todo el que me diga ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos. 22 Muchos me dirán aquel Día*: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’ 23 Pero entonces les declararé: ‘¡Jamás os conocí; apartaos de mí, malhechores!’ 24 «Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica se parecerá al hombre prudente que edificó su casa sobre roca: 25 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa, pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. 26 Pero todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica se parecerá al hombre insensato que edificó su casa sobre arena: 27 cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos e irrumpieron contra aquella casa, que se derrumbó, y su ruina fue estrepitosa.»

Meditación: María nos invita a la santidad

Armados de tantos y tan saludables medios, todos los cris­tianos de cualquier condición o estado son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de la santi­dad por la cual es perfecto el propio Padre”. (Concilio Vati­cano II, 31)

Sed santos como Vuestro Padre del Cielo es Santo” (Mt 5,48). ¡He aquí el llamamiento universal! Y para corresponder a esta vocación primera debemos, en cumplimiento de la Santa Voluntad de Dios, llegar a la perfección cristiana en todos nuestros pensamientos, palabras y acciones. Lo que el Señor nos pide no debe contrariar ni en­tristecer nuestro corazón, por el contrario, como respuesta de amor para con Él, debemos estar inmersos en un estado de paz, alegría y fe­licidad, ya aquí en la tierra, en oposición al espíritu del mundo.

Volvernos santos, siguiendo los deseos de Dios, se traduce en el mayor bien que podemos hacer a la humanidad, pues “un alma que se eleva, eleva al mundo”. Infelizmente nos ocupamos con nuestras pasiones mundanas y exageramos el cuidado con lo que es pasajero, oscureciendo el sentido real de la vida. ¡Fuimos creados para el Cie­lo! Todo lo que emprendemos en esta tierra (que es pasajera) debe ser una prueba de que servimos sólo a Dios y no al mundo, con lo que tie­ne de efímero y vacío, como el poder, el dinero, la moda, los bienes materiales y de lujo, el culto desmedido a la belleza, etc. Lo que se convierte en obstáculo para la santificación es el apego a las malas in­clinaciones y deseos y, también, la excesiva dependencia de los consue­los humanos.

El trabajo que emprendemos para la conquista de la santidad es árduo, mas Dios viene siempre en auxilio de aquellos que luchan y es­peran en su Gracia. Se vuelve muy difícil, en los tiempos actuales, don­de somos abandonados a nuestras propias fuerzas, vivir la santidad a la que fuimos llamados. Para conseguir tan gran merced, Dios nos dio a María, su Madre Santísima, como atajo bendito, y guía seguro para la eternidad. La Virgen María es el modelo de santidad que supera todos los otros, siguiéndola no nos perderemos.

Como Madre, Nuestra Señora nos acompaña desde el nacimien­to hasta que alcanzamos la “perfecta estatura de Cristo” (Ef 6,13); después, su mayor preocupación es la misión de formar santos, con­formándonos con su Hijo Jesús. Por tanto, siendo nuestra santificación acción de Dios, (juntamente con nuestra correspondencia) no huya­mos de esta mediadora y Madre de todas las gracias.

Sólo hallaremos la Gracia si encontramos a María, porque:

Sólo Ella encontró la Gracia de Dios para Sí y para cada uno de noso­tros.

Alégrate ¡oh llena de Gracia, el Señor es contigo! (Lc 1,28);

A Ella, debe el Autor de todas las gracias, su ser y su vida;

He aquí que concebirás y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31);

Dios Padre, dándole su Hijo le dio a Ella todas las Gracias.

Por eso el Santo Ser que nacerá de Ti será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35);

Dios la escogió como tesorera, ecónoma y dispensadora de todas las gracias.

Dijo entonces su Madre a los sirvientes: Haced todo lo que El os diga”. (Jo 2,5); XXXXX

Así como en el orden natural tenemos padre y madre, en el orden de la Gracia, también tenemos que tener a Dios por Padre y a María por Madre.

Jesús y Teresa son hijos de la misma Madre… en nuestra fe­liz condición es nuestro feliz deber imitar a Jesús con todo nuestro ser, ser hijo de María” (Santa Teresita del Niño Jesús);

María recibió de Dios un particular dominio sobre las almas para ali­mentarlas y hacerlas crecer en Él.

El alma perfecta es tal, solamente por medio de María” (San Bernardino de Siena);

María es en verdad el molde divino para hacer san­tos.” (San Agustín).

Para vencer todas las dificultades, que nos presenta el camino de santificación, es necesario encontrarnos a la Virgen María. Es en Ella en la que obtendremos la abundancia de gracias. Y eso sólo aconte­cerá cuando le profesemos una perfecta devoción; devoción esta que “procede de la verdadera fe que nos lleva a reconocer la ex­celencia de la Madre de Dios y nos incita a un amor filial con nuestra Madre a imitación de sus virtudes” (Concilio Vaticano II).

Oración: María Santísima, hermosa estrella, espejo de santidad, hemos de imitarte para adquirir la perfección. Condúcenos de la ma­no, como a un hijo. Invítanos a la santidad y oiremos Tus palabras, postrándonos a Tus pies durante todo este mes que a Ti dedicamos. ¡Amén!.

Jaculatoria: “Para encontrar la gracia de la santidad, el Padre, nos hizo encontrar a Nuestra Señora”!

Según Medjugorje

«Queridos hijos: el acto de Consagración a mi Corazón Inmaculado, como yo les digo, es un acto de amor y no simplemente palabras. Me llena de regocijo saber que sus corazones lo entienden así.

Les digo que sus corazones son la ventana del alma, el acto de consagración abre esa ventana; sus almas son como un prisma diseñado por Dios, como su propio reflejo. Si en este prisma hay impurezas, no podrá reflejar la gloria para la cual fue diseñado; para llevar claridad al alma ustedes deben rezar, para traer claridad al alma tienen que rezar; solamente por medio de la oración pueden ser disueltas todas las impurezas.

Queridos míos: miren dentro de mi Corazón pues al asomarse a él recibirán a la Trinidad; Yo solo puedo reflejarles la presencia de Dios.

Escuchen, hijos míos: les aseguro, abran sus corazones para recibir la luz de Dios y permitan que solo Él se refleje en ustedes»  Julio 7 de 1992

Guía: Nuestra Señora nos trae un llamado a su misión:

La misión para su Triunfo. Esta misión comienza con nuestra Consagración a su Inmaculado Corazón; de esta manera nosotros respondemos al llamado de santidad y a la búsqueda de paz dentro de nosotros mismos y en el mundo entero.

Debemos comenzar por darnos cuenta que este es un llamado a una conversión personal, que envuelve nuestra propia alma y corazón, que permite a Dios obrar en nosotros y por medio de nosotros.

El acto de Consagración es exactamente lo que Nuestra Señora ha dicho: un acto. El acto de Consagración unirá nuestros corazones con el de Ella hacia su Hijo a través de una gracia especialmente creada.

Dirección: La oración es la que crea nuestra relación con Dios. Mediante este acto de comunión, Dios viene a nuestros corazones y nosotros vamos hacia Él. Por medio de la oración, todas las impurezas que hay dentro de nosotros, pueden ser llevadas ante El y transformadas por su Gracia. Tener serenidad en el alma es estar lleno de la presencia de Dios. Primero debemos unirnos como uno a Dios; entonces, por medio de nuestra unión con El, El podrá obrar maravillas por medio nuestro.

Meditación: ¡Oh Corazón Inmaculado de María!, ayúdame para que la ventana de mi alma permanezca siempre abierta y transparente para que todas las impurezas puedan ser borradas y que Dios sea magnificado y glorificado, a través de mi propia conversión, consagración y testimonio. Madre querida, que yo pueda poner en acción las palabras que te prometo. Abre mi corazón para que yo me convierta en la señal del Triunfo en todo el mundo.

«Serán como Ángeles en el Cielo».  (Mateo 22:30)

Según Consagración básica encontrada en la bibliografía, más tradicional

Composición de lugar. Estoy sentado a los pies de Nuestra Señora, como esclavito, y Ella me hace las reflexiones que siguen.

Petición. Que me resuelva de veras a hacerme santo, por medio de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

Punto I. “Lo que de ti quiere Dios, alma, que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él, en la otra.”

Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes 43). Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor vuestro Dios…, porque yo, vuestro Dios y Señor, soy santo. (1 Pe 1, 16).

“Tu vocación cierta es adquirir la Santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida, a eso se deben dirigir; no resistas a Dios, dejando de hacer aquello para que te ha criado y hasta ahora te conserva.”

Terrible sería para ti esa resistencia, porque, ¿quién puede luchar con Dios y tener paz? (Job 9, 4). Si Dios quiere que seas santo y tú te empeñas en no alcanzar más alto grado de gracia que el que se requiere para entrar en el cielo, ¿no ves que te expones a que Dios te niegue las gracias eficaces que para esto necesitas; y por apuntar al mismo blanco, y no más arriba, como mal tirador, des más abajo y caigas en el abismo? Bien dijo el que dijo:

“Loco debo ser, pues no soy santo.”

Pues ¿no es locura, además de ingratitud, resistir al Todopoderoso y sapientísimo Juez y despreciar la gracia del bondadosísimo Padre? ¿Qué harías tú mismo con un criado, que aunque sólo fuera en cosas pequeñas resistiera de continuo a tu voluntad?

Punto II. Por otra parte, la santidad es tan hermosa, tan útil y tan deleitable, que aunque no nos la exigiera Dios, deberíamos nosotros suspirar siempre por conseguirla. Esta es aquella celestial sabiduría, que tanto se alaba en las divinas Letras; aquella perla preciosa y aquel tesoro escondido, por el cual dijo Cristo Señor nuestro que todas las cosas habíamos de vender: tesoro infinito, que en alto grado nos hace participantes de la amistad del Rey del Cielo, con cuya familiaridad todos los bienes se alcanzan: éste es aquel dichoso reino de Dios en el alma, que es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo. Nada tan excelente y hermoso como un alma santa, que es la imagen de Dios más perfecta que entre el barro de esta tierra se puede formar, el trono y el palacio y el templo donde se asienta a su gusto y de continuo el Señor de las virtudes; la esposa querida y regalada de Cristo. Nadie tan útil a la Iglesia de Dios y a todos los hombres como el varón santo, que tanto puede con sus oraciones y sus méritos. El sabio, el artista, el héroe, el político, nada valen en su comparación. El mundo mismo, que no puede entender a los santos, los admira sólo por los resplandores que su santidad a veces despide, que nada valen en comparación de la luz y del fuego que en su interior se oculta: que “adentro es donde está toda la gloria de la hija del Rey Eterno”.

“¡Qué obra tan admirable! ¡El polvo trocado en luz, la horrura en pureza, el pecado en santidad, la criatura en su Criador y el hombre en Dios!”

P. III. “Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma y a la naturaleza por sí sola imposible. Nadie sino Dios con su gracia, y gracia abundante y extraordinaria, puede llevarla a cabo; la creación de todo el universo, no es obra tan grande como ésta.”

Locura sería pretender alcanzar la perfección contando sólo con nuestras fuerzas. Sin Mí –dice Jesucristo- nada podéis hacer. Pero, en cambio, con la gracia lo podemos todo: Todo lo puedo en aquel que me conforta. (Filip 4, 13):

“Y tú, alma, ¿cómo lo conseguirás?”

¿Qué medios vas a escoger para levantarte a la perfección a que Dios te llama?

“Los medios de salvación y santificación son de todos conocidos; señalados están en el Evangelio, explicados por los maestros de la vida espiritual, practicados por los santos. Todo el que quiere salvarse y llegar a ser perfecto necesita humildad de corazón, oración continua, mortificación universal, abandono en la Divina Providencia y conformidad con la voluntad de Dios.”

No te desanimes al oír esos terribles nombres de virtudes tan altas, a las que nunca has podido acercarte. Si tan poco camino has andado hasta ahora para la santidad es porque has ido a pie y sin guía, a ciegas y cansado, saltando de una a otra vereda, sin hallar el atajo verdadero. Pero ¡si pudieras encontrar el camino real, corto y seguro, una buena guía, un tren que sin fatiga alguna te llevara!

P. IV. “Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil, con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar.

Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.”

Ella es, como dice San Bernardo, la estrella que guía al puerto del cielo a los que navegamos por el mar de este mundo.

“Siguiéndola, no te descaminas; rogándola no te desesperas; pensando en Ella no te equivocas; teniéndote Ella no caes; protegiéndote Ella no temes; guiándote Ella no te fatigas; siéndote Ella propicia llegas (al puerto deseado)”.

¡Oh hermosa estrella mía! Yo quiero siempre seguirte, que tú me alegras y aseguras con tus suavísimos resplandores. No te me ocultes nunca, Señora, porque entonces me perderé. Más todavía: llévame de la mano como una madre a su pequeñuelo; porque madre mía eres, aunque soy indigno de ser tu esclavo. No te desdeñarás de tomar esta mano tan sucia; porque aunque tan limpia, eres madre de pecadores.

Según Consagración encontrada en bibliografía que se apoya en lecturas de entre otros el Kempis

Leer San Mateo Capítulo 5 versículos del 1 al 19

Las bienaventuranzas.

1 Viendo a la muchedumbre, subió al monte* y se sentó. Sus discípulos se le acercaron. 2 Entonces, tomando la palabra, les enseñaba así:

3 «Bienaventurados* los pobres de espíritu*,

porque de ellos es el Reino de los Cielos.

4 Bienaventurados los mansos*,

porque ellos poseerán en herencia la tierra.

5 Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

6 Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos serán saciados.

7 Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

8 Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

9 Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

10 Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el Reino de los Cielos.

11 Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan, y cuando, por mi causa, os acusen en falso de toda clase de males. 12 Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

Sal de la tierra y luz del mundo

13 «Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal se desvirtúa, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por los hombres.

14 «Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte. 15 Ni tampoco se enciende una lámpara para ponerla debajo del celemín*, sino en el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa. 16 Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y alaben a vuestro Padre que está en los cielos.

Cumplimiento de la Ley

17 «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolirlos, sino a darles cumplimiento*. 18 Os aseguro* que, mientras duren el cielo y la tierra, no dejará de estar vigente ni una i ni una tilde* de la ley hasta que todo suceda. 19 Por tanto, el que no dé importancia a uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos.

Según Consagración a María dada por Agustín del Divino Corazón (Buenas Virtudes)

Os muestro el camino

Hijos míos: es María, Maestra de los Apóstoles de los últimos tiempos la que os llama dulcemente con su voz de Madre. Madre que os quiere arrullar en su seno Materno como a niños pequeños que no saben dormirse si no están entre sus brazos. Madre que os quiere alimentar con su leche espiritual para que crezcáis robustos en la fe.

Madre que os quiere mostrar el camino que os lleva al Cielo. Madre que os quiere guardar, proteger en uno de los Aposentos de su Inmaculado Corazón. Madre que os quiere instruir en Sabiduría Divina para que no caigáis en el error, en la confusión porque sobreabundan filosofías llamativas y extrañas que os harán herejes, anatemas. Madre que os quiere arropar bajo los pliegues de su Sagrado Manto y calentar con la llama de su Amor Santo.

Es María, Maestra de los Apóstoles de los últimos tiempos, la que os llama a que os consagréis a mi Inmaculado Corazón.

Consagración que os revestirá de la luz del Espíritu Santo para que conozcáis en lo profundo el bien. Consagración que os llevará a despreciar los encantos y las falacias del mundo.

Consagración que os hará sentir repugnancia y horror por el pecado. Consagración que intercambiará místicamente nuestros corazones. Consagración que os enrolará como soldados rasos del Ejército Victorioso de los Corazones Triunfantes.

Consagración que os marcará como elegidos de Dios. Consagración que adelantará el triunfo de mi Inmaculado Corazón y el reinado del Sagrado Corazón de mi Hijo Jesús.

Consagración que abreviará, aún más, el tiempo para que veáis cielos nuevos y tierra nueva.

Consagración que os hará partícipes de la Iglesia Remanente, el resto fiel. Consagración que encenderá la llama de la esperanza en vuestro corazón, para que esperéis la segunda llegada de Jesús con anhelo, sin miedos.

Consagración que iluminará vuestro entendimiento opacado, llevándoos a comprender los signos y manifestaciones del final de los tiempos.

Consagración que restaurará nuestra Iglesia, porque el humo de satanás ha penetrado en ella.

Consagración que os hará soldados aguerridos, intrépidos, preparados y entrenados para el campo de batalla. Consagración que os hará sentir deseos de entregaros completamente a mí, de manera perenne, para disponer de vosotros según el querer de Dios.

Consagración que os enrutará en el camino directo que os lleva a Jesús. Consagración que es necesaria para la salvación de la humanidad; humanidad enferma, humanidad alejada de Dios y de la Iglesia.

Hijos míos: la hora de la batalla ha llegado. Son dos ejércitos que luchan entre sí:

El ejército del dragón rojo y la bestia negra, ejército dirigido por satanás; ejército que quiere llevar a la humanidad a la negación de Dios; ejército que quiere colocar a lucifer en lugar de Dios para que sea adorado; ejército que se está llevando gran número de almas a los abismos del infierno; ejército que trabaja solapadamente dentro de la misma Iglesia para destruirla, para profanar lo sagrado, para introducir en ella el error; error que lleva a la apostasía y pérdida de la fe.

El otro Ejército está liderado por Mí y San Miguel Arcángel, Príncipe de la Milicia Celestial por designios del Padre Eterno.

Soy la Capitana de este Ejército, que combatirá con el arma poderosa del Santo Rosario. Arma que debilitará y encadenará a satanás en este final de los tiempos. Arma que perfumará con olor de santidad a los soldados rasos de mi Ejército Victorioso; arma que os dará fuerzas para que no os dejéis amilanar, ni aterrorizar por el adversario; arma que os hará invencibles frente a los ataques del enemigo. Ejército que con su lucha constante triunfará sobre el mal. Ejército que verá descender a la mujer vestida de sol con corona de doce estrellas, parada sobre la luna; mujer excelsa que aplastará con su talón la cabeza de la serpiente. Ejército que se revestirá de la armadura de Dios para no ser vencidos, ni derrotados.

Hijitos amados: atended a mi último llamado; no despreciéis este tesoro del Cielo que hoy he depositado en vuestras manos. Corred apresurados, porque el tiempo se os acaba. Discernid los acontecimientos y haced lo que JESÚS OS DIGA, porque muy pronto juzgará al mundo entero con justicia y con misericordia; muy pronto habrá de ser reconocido como el Rey de reyes y Señor de señores.

La Virtud de la Fe

“Hijo, si te llegas a servir al Señor, prepara tu alma para la prueba.

Endereza tu corazón, mantente firme, y no te aceleres en la hora de la adversidad” (Eclesiástico 2,1-2).

Caminar en el Señor es andar por caminos entre rosas y espinas; espinas que hieren vuestro corazón porque, aún, os cuesta morir al hombre viejo, aún os falta desprenderos de vosotros mismos y lanzaros en sus manos, manos que os abrazarán para que no caigáis en el vacío.

Os falta robustecer vuestra fe, porque decís creer en Dios pero os falta más abandono a los Misterios de la Divina Providencia, ya que os atrevéis a cuestionar los designios de Dios; os atrevéis a sugerirle nuevas rutas, nuevos caminos.

En fe acepté el Anuncio que me hizo el Ángel Gabriel.

En fe no me detuve a pensar en el qué dirían las gentes de mí.

En fe acepté el Misterio de la Corredención que daba inicio al decir SÍ, al aceptar ser la Madre del Redentor.

En fe no sentí miedo en abrazar la cruz del sufrimiento, porque mi Corazón sabía que Dios se ocuparía de mí.

En fe creía que José aceptaría ser el custodio y protector de los Corazones Unidos, Corazones que siempre permanecerían juntos, porque Dios me congració de dones especiales que me permitía sentir sus mismas emociones, sus mismos estados de ánimo.

En fe mi Hijo crecía en mi vientre y yo le adoraba como mi Dios.

En fe huimos a Egipto en la oscuridad de la noche, pero asistido de los Santos Ángeles que nos guiaban.

En fe nació el Hijo de Dios, en una pobreza tal que abrumaba mi Corazón, pero confiaba en su Divina Voluntad, porque el Verbo encarnado me había sido enviado para que lo cuidase y lo protegiese.

En fe el Niño Jesús crecía en estatura y en Sabiduría y todo lo que nos acontecía lo guardaba en mi Corazón. En fe abogué ante mi Hijo en las bodas de Caná.

En fe lo acompañé espiritualmente en sus viajes, en sus misiones, porque conocía de sus milagros, de sus portentosas prédicas que producían efectos maravillosos en todas las almas.

En fe estuve con mi Hijo en el doloroso trance de su Pasión. Mi Corazón sufría y se desgarraba de dolor al ver cómo era tratado.

En fe creía en su Resurrección, en su triunfo victorioso contra la muerte.

En fe, hijitos, no me cuestioné el por qué Dios Padre eligió a una joven mujer de campo, a una sencilla aldeana para ser la Madre del Salvador.

Acepté y caminé a ciegas, segura de nunca caer, porque nuestros caminos no son los caminos del Señor.

Acepté sufrimientos variados, penurias diversas con la esperanza del auxilio que provenía del cielo.

Que vuestra fe no se tambalee de un lado para otro y caiga como las hojas de los árboles. Aceptad pacientemente todo lo que Dios os envíe, que Él dispone para el bien de todos los que le aman.

Que vuestra fe crezca como el álamo y el ciprés, no pretendáis discurrir sus misterios. Aceptadlos con agrado y guardadlos en vuestro corazón.

La fe se os ha dado como un regalo de Dios, caminad con entereza, con vuestra frente en alto y con vuestro corazón abierto, porque según sea vuestra fe, así serán las obras.

Oraciones finales

Credo

Creo en Dios, Padre Todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor,
que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo,
nació de Santa María Virgen,
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado,
descendió a los infiernos,
al tercer día resucitó de entre los muertos,
subió a las cielos
y está sentado a la derecha de Dios, Padre Todopoderoso.
Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos.
Creo en el Espíritu Santo,
la Santa Iglesia Católica,
la comunión de los santos,
el perdón de los pecados,
la resurrección de la carne
y la vida eterna. Amén.

Consagración diaria a María Inmaculada

Oh Señora mía, Oh Madre mía!
Yo me entrego del todo a Vos;
y en prueba de mi filial afecto,
os consagro en este día,
mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón;
en una palabra, todo mi ser.
Ya que soy todo vuestro
Oh Madre de bondad,
guardadme y defendedme
como hijo y posesión vuestra.

Consagración para cada día al Sacratísimo Corazón de Jesús por María 

¡Sacratísima Reina de los cielos y Madre mía amabilísima! Yo N.N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin embargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero, conociendo bien mi indignidad e inconstancia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuidados el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y de amor, gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de cuidar Tú de mí y yo de Ti, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo; todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mi ofrecieren otros en vida o después de muerto, por si algo puede servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo, seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

Quiero en cambio, Corazón amabilísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más bien quisiera hacer mucho, porque reines en el mundo; quiero con oración larga o jaculatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis vencimientos chicos, y en fin, con la propaganda no estar a ser posible, ni un momento sin hacer algo por Ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado divino y de tu reparación hasta mi postrer aliento, que ¡ojalá! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervorosísimo. Amén.

Hay concedida indulgencia parcial a todos los fieles que devotamente reciten esta Consagración Personal al Sagrado Corazón de Jesús.

Forma resumida de pacto con el Corazón de Jesús: «Corazón de Jesús yo cuidaré de tu honra y de tus cosas y tú cuida de mí y de las mías.»

Coronilla de Virtudes

Para pedir las virtudes, con cada una de las virtudes se deben recitar las siguientes oraciones:
Virtud de Fe + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo
Virtud de Esperanza + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo
Virtud de Caridad + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo
Virtud de Humildad + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo
Virtud de Paciencia + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo
Virtud de Perseverancia + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo
Virtud de la Obediencia + Padre Nuestro + Gloria al Padre + Oración al Espíritu Santo

Oración al Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo, ilumina mi corazón, para ver las cosas que son de Dios;
Ven Espíritu Santo, dentro de mi mente, para conocer las cosas que son de Dios;
Ven Espíritu Santo, dentro de mi alma, que yo le pertenezco solamente a Dios;
Santifica todo lo que yo piense, diga y haga para que todo sea para la gloria de Dios. Amén

Ángelus

V. El ángel de Señor anunció a María.
R. Y Ella concibió por obra y gracia del Espíritu Santo. +Ave María
V. He aquí la esclava del Señor.
R. Hágase en mí según tu palabra. +Ave María.
V. Y el Verbo se hizo carne.
R. Y habitó entre nosotros. +Ave María.
V. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas y gracias de Nuestro Señor Jesucristo.  Amén

¡Oh María!

«Oh María; transforma mi corazón como el tuyo;
colócale alrededor una corona de pureza adornada con virtud;
toma mi corazón querida Madre consagrado como tuyo propio;
preséntaselo a Dios Padre como una ofrenda de mí para ti.
Ayúdame, Oh María, en hacer tu corazón más conocido cada día». Amén.

Oración de Pentecostés

Espíritu de Cristo: despiértame;
Espíritu de Cristo: muéveme;
Espíritu de Cristo: lléname;
Espíritu de Cristo: séllame.
Oh Padre Celestial,
conságrame a tu Corazón y Voluntad;
se en mí una fuente de virtudes,
sella mi alma como la tuya
para que tu reflejo en mí sea una luz que todos vean. Amén

Rezo del Rosario

3 misterios preferiblemente, especialmente a partir del día 20.

Oración final

Santísima Virgen María, Maestra de los apóstoles de los últimos tiempos, preparadme con vuestras lecciones de amor para ser complaciente a Tu Hijo Jesús.
Avivad mis sentidos para que guarde en mi corazón vuestras enseñanzas, enseñanzas que son doctrina segura que me adentran al cielo.
Despertad en mí: celo insaciable por la salvación de mi alma, desapego al mundo y anhelos de santidad.
Instruidme en la ciencia de la cruz para que acepte con beneplácito el sufrimiento y me haga heredero de uno de los aposentos de vuestro Inmaculado Corazón.
Arropad todo mi ser con vuestros rayos de luz para que seáis mi Maestra y yo vuestro discípulo, discípulo que imite vuestras adorables virtudes para ser bien visto ante los ojos de vuestro Hijo.
Fortalecedme en este tiempo de la tribulación, purificad mi corazón con el fuego de vuestro amor y heridlo de amor, para que vuestra presencia siempre me acompañe por toda la eternidad.
Madre Celestial, Maestra de los apóstoles de los últimos tiempos, preservad nuestra Iglesia frente a toda apostasía, herejía y cisma.
Conservadnos fieles a la Tradición de la Iglesia e instruidnos con vuestra Sabiduría Divina para que la luz del Espíritu acreciente nuestra fe, nos muestre el camino de salvación y lleve nuestro corazón a la santidad.
Madre Celestial, Maestra de los apóstoles de los últimos tiempos, guardad al resto santo en vuestro Inmaculado Corazón hasta el día de la segunda llegada de vuestro Amadísimo Hijo Jesús. Amén.



NOTA: Debiera tenerse en uso y apoyo los libros de San Luis María Grigñon de Monfort, una BIBLIA y el libro de imitación de Cristo de Kempis.

Las citas bíblicas han sido extraíadas de la versión Biblia de Jerusalem https://www.edesclee.com/content/biblia-online

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